Hulst se tiñó de naranja, como mandaba el libreto, pero España escribió una página de peso. En la élite masculina, Mathieu van der Poel convirtió el Mundial en una tesis sobre el control y se vistió su octavo maillot arcoíris, con Tibor Del Grosso y Thibau Nys cerrando un podio de altura; desde atrás, Felipe Orts remó contra la marea hasta el 7º puesto, su mejor resultado mundialista, después de rodar incluso a un suspiro del cajón, con Mario Junquera y Kevin Suárez firmando 28º y 29º en un barro fino que no perdonó un titubeo. El mensaje quedaba claro: los campeones del mundo eran los de casa, sí, pero el mejor Orts también había viajado a Zelanda.
Al día siguiente la élite femenina respondió con el mismo acento: Lucinda Brand, sobria en la lectura de cada curva y feroz cuando tocaba, recuperó el trono por delante de Ceylin del Carmen Alvarado y Puck Pieterse, trío netamente neerlandés. En clave española, carrera de oficio y puntada fina: Sofía Rodríguez 17ª y Lucía González 18ª, siempre en zona buena, templando en los off-cambers y apretando los dientes en las rectas abiertas al viento. No hubo fuegos artificiales, hubo rendimiento.
El Mundial tuvo, además, la luz de los que llegan. El domingo por la mañana, Benjamín Noval hizo ruido del bueno: 4º en la júnior masculina tras una remontada tozuda que lo dejó a cinco segundos del bronce, escoltado por la solidez de Raúl López (9º) y el tesón de Martín Fernández (26º). Delano Heeren se llevó el oro para Países Bajos en un final de hilo fino, pero el poso que deja España es el de una camada con colmillo. También hubo brote verde en la júnior femenina, donde la carrera coronó a la checa Barbora Bukovská y las nuestras respondieron con una foto nítida del presente: Aitana Gutiérrez 12ª, agresiva desde el arco de salida; Mirari Gotxi 25ª, remontando tras el tapón inicial; y Carla Bañuls 34ª, sacando metros a cada recta antes de las zonas técnicas.
Entre medias, el semillero sub-23 reclamó sus líneas. El oro masculino fue para Aaron Dockx en una mañana de oficio belga, con Raúl Mira 7º tras una progresión sostenida, calculando riesgos y ganando posiciones a golpe de curva limpia; un resultado que ya no es irrumpe y desaparece, sino carta de presentación para lo que viene. En la femenina, Leonie Bentveld cerró otra función naranja con autoridad, mientras Lorena Patiño debutaba mundialista con un 24º a quince segundos del top-20: aprendizaje serio en un circuito que castigaba el exceso de entusiasmo.
El libro se abrió el viernes con el relevo mixto, otro retrato coral. Países Bajos se llevó el oro y España firmó una 7ª plaza de bloque: Sofía Rodríguez abrió con pulso firme, Mira y Gotxi apretaron, Patiño sostuvo el hilo, Noval encendió la mecha y Suárez se jugó con Chequia la sexta a golpe de meta. No hay medalla, hay estructura.
Hulst fue también una despedida. Kevin Suárez colgó el dorsal mundialista por última vez sin pedir foco, como ha hecho siempre. Competidor honesto, rápido en la inclinación imposible y valiente en los tablones, su constancia moldeó inviernos cuando el ciclocrós español era un acto de fe. Su 29º no es un número: es una forma de estar. Se marcha uno de los que abrieron la puerta para que hoy otros se atrevan a cruzarla. Gracias, Kevin.
España vuelve del estuario con certezas: un líder élite que ya pisa con naturalidad los top-10; un sub-23 que llama a la puerta de las medallas; una júnior que muerde; y un relevo que sostiene el pulso. El naranja acaparó los arcoíris, pero el rojo y gualda dejó de pedir permiso para asomarse. Ahora toca convertir séptimos y cuartos en podios: menos ruido, más pasos firmes. Hulst no fue un paréntesis, fue una señal.


