Cuando éramos pequeños: “¡La que ha montado mi hijo!”

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Este año 2012 ha colgado la bicicleta uno de los ciclistas más importantes que ha dado nuestro país a lo largo de toda su historia. No tengo ninguna duda que si cogiéramos a los grandes directores de ciclismo de nuestro país y les hiciéramos componer un “nueve” con los mejores corredores que han salido de nuestras carreteras, el protagonista de hoy sería un fijo para la gran mayoría.

Óscar Freire nació en Torrelavega un 15 de Septiembre de 1976, y su palmarés es de lo más envidiable. No obstante puede presumir de haber igualado a corredores de la talla de Rik Van Steenbergen o Eddy Merckx con su triplete en mundiales o ser el primer y único español hasta la fecha en conseguir subirse al pódium de los Campos Elíseos con el maillot verde de la regularidad. Pero su verdadero mérito y por el que ha sido siempre un corredor más valorado fuera de nuestras fronteras que en su propio país ha sido por ser un corredor súper competitivo en las carreras de un día. El cántabro, junto con corredores de la última época como Juan Antonio Flecha o mismamente este año con Joaquim Rodríguez, han sido los impulsores en nuestro país de ese tipo de carreras. No debemos obviar que nuestra “cultura” ciclista está mucho más ligada a las carreras de 3 semanas, y el ciclismo va mucho más allá. Para la gran mayoría dentro de nuestras fronteras es imposible de entender que haya corredores que prioricen un triunfo en el Tour de Flandes o la Paris-Roubaix que subirse a lo más alto del cajón en Milán, París o Madrid, y aquí está la gran hazaña de estos corredores que han sido capaces de levantar la expectación del gran público en los últimos años por este tipo de carreras que antes apenas ocupaban un recuadrito en una esquina de los diarios deportivos.

Hasta hace 15 años poder degustar aquí las imágenes que nos dejan todos los años el majestuoso Koppenberg, el saltarín e interminable tramo del Carrefour de l’Arbre, el descenso vertiginoso del Poggio, las durísimas rampas de Huy, los innumerables muros camino de Lieja o las carreteras abarrotadas en la subida a la capilla del ciclismo situada en Madonna del Ghisallo en plena provincia Lombarda, como digo disfrutar de todo ello era cuanto menos impensable, y gracias a esta nueva generación de ciclistas esto ha sido posible.

Repito que el palmares de Óscar es del todo envidiable, pero es un palmarés más propio de un corredor holandés o belga que de un español. A parte de sus tres mundiales, puede y debe presumir de ser tres veces campeón de la Classicissima (Milán-San Remo), uno de los monumentos del ciclismo, las mismas veces triunfador de la Flecha-Brabanzona, o vencedor de carreras como el Giro de la Provincia di Lucca, la Gante-Wevelgem o la Paris-Tours, a parte de poseer cuatro parciales en Tour y siete en Vuelta. Los últimos destellos los dejó este año en la Amstel, donde a punto estuvo de hacer algo histórico rematando una fuga que hubiera sido espectacular, pero finalmente el Cauberg como pasaría meses después se le atragantó y “solo” pudo ser cuarto.

Viendo su historial podríamos decir que el de Torrelavega es un corredor explosivo y del corte de los grandes sprinters del pelotón, pero nada más lejos de la realidad. Óscar nunca ha contado con las grandes estructuras que rodean a esos grandes velocistas con los que tantas veces ha tenido que luchar y que tantas veces les ha hecho mojar la oreja. Óscar si por algo se ha caracterizado es por su gran inteligencia, por saberse colocar en el sitio adecuado en el momento justo. Por pasar por donde no pasaría nadie con una bicicleta a esas velocidades (lo que le ha supuesto más de un enemigo). Y por creer en él a pesar que todo el mundo le dijera lo contrario.

El gran resumen de todo esto se puede extrapolar a una única carrera, y fue la de su salto a la fama, la que le permitió firmar después un contrato con el gran equipo del momento Mapei, y la que nos permitió empezar a ver el gran corredor que teníamos en nuestro país.

Octubre del 99’, Paco Antequera (por cierto gran entrevista la que le han hecho los compañeros de esta casa, la cual os invito a leer) seleccionaba a un joven corredor del Vitalicio, que ya había sido llamado el año anterior para ir a Valkenburg, para representar de nuevo los colores nacionales esta vez en Verona (ciudad a la postre talismán para él, ya que repetiría la hazaña 5 años después). El seleccionador se llevó una cantidad inmensa de palos por parte de los “grandes entendidos” por llevar a un corredor tan inexperto y que además se había pasado el año en blanco debido a una lesión en su rodilla. Óscar llegó a esa cita, su cita, con apenas 11 carreras en sus piernas ese año e igual esa frescura fue lo que le permitió ser el más fuerte.

Llegó el día de la carrera. 10 de Octubre de 1999, 15:00 en España, y en la ciudad de Verona (Italia) se esta disputando el Campeonato del Mundo en ruta de ciclismo. El circuito cuenta con 16 kilómetros de longitud para un total de 260 y su punto duro es la subida a Torricelle. Como digo, 15:00, y son menos de 3 vueltas las que restan para el final de la prueba. Los corredores encaran por antepenúltima vez la parte dura del recorrido y Alex Zülle destroza la carrera. ¡Qué ataque! Pero un español aguanta el tirón, es Miguel Ángel Martín Perdiguero, “Perdi” pa’ que nos entendamos. Saca tajada el suizo con su ataque y por detrás los belgas e italianos empiezan a ponerse nerviosos, no obstante Vandenbroucke y Casagrande son los grandes favoritos para la victoria final. De nuevo los gregarios en papel estelar, Museew, con su trabajo y la ayuda del alemán Jan Ullrich echan abajo el intento del suizo. Sí, como lo oyen Ullrich trabajando para otros, es más trabajando para otra selección pero el teutón no hacía ni un mes que había ganado una Vuelta a España en donde el belga, líder de esa selección, había contribuido y mucho para que él pudiera hacerse con la general final. Cadena de favores.

15:35, inmersos en la penúltima vuelta. El ataque de Zülle sacudió bien el árbol, muchos han caído ya de maduros como Tafi o Rebellin (que se metió una torta enorme). Apenas son 11 hombres los que quedan en cabeza. El ya mencionado Vandenbroucke, gran favorito y que al comienzo de la carrera se pegó un buen costalazo (luego se supo que había corrido con la muñeca rota); el italiano Casagrande, el otro gran favorito y que cuenta con el aliento de todos sus compatriotas afanados en las cunetas y con otro representante en ese grupo como Celestino; el reciente Campeón del mundo contra el crono Jan Ullrich; el veterano ruso Konyshev que se las sabe todas; los suizos Camenzind y Zberg que esperan rematar el trabajo hecho por su compañero en la vuelta anterior; el holandés Boogerd especialista en este tipo de situaciones; y luego hay tres chicos con los que más que hacer quinielas para el desenlace de la prueba, se podría hacer un chiste: “Esto eran un francés, un americano y un español (Robin, McRae y Freire) y dice el español: ¡A qué gano el Mundial!”. ¡Buenísimo!.

Última vuelta. 15:55. 16 kilómetros para el final. 4 pasan por delante bajo el sonido de la campana con apenas 20 metros de ventaja. Uno de ellos es el español. Más de uno en ese grupo se está preguntando si el del maillot blanco y rojo no será un infiltrado. Más de uno en ese grupo se está preguntando si el del maillot blanco y rojo no acabará de montarse en la bici porque anda sin cadena. Más de uno en ese grupo se está preguntando si el del maillot blanco y rojo no será algún primo de los otros diez porque es el que sale a todos los ataques y el que más tira. A más de uno y hasta a diez, no les suena la cara del chico que lleva ese maillot blanco y rojo, y ¡vaya cara!… la que se les quedó a ellos 16 kilómetros y 23 minutos después.

Última subida a Torricelle. Robin que no tiene nada que perder es el primero que lanza el ataque. Saca una decena de metros. Pero enseguida vuelve Ullrich a ponerse al mando y a tirar de su amigo y no-compatriota Vandenbroucke. Prácticamente en la cima echan mano al francés. El ataque ha servido para quitar a dos de la pelea final, Boogerd y Celestino. Vandenbroucke es el que ahora lo intenta cuando va a comenzar el descenso pero están todos muy atentos. Es lógico, todas las miradas van hacia él. Comienza el descenso, quizás sea el momento del ruso, excelente bajador, pero no lo intenta. Tres kilómetros y nadie se mueve. 9 para tres medallas. 9 para un arco iris.

Casagrande mira a Vandenbroucke, Vandenbroucke mira a Casagrande. Todos miran a Casagrande y Vandenbroucke. Nadie mira al del “Tu cara no me suena”. Y el del “Tu cara no me suena” mira al frente. Tantas miradas concentradas en el italiano le pueden, como su nombre dice, corre en Casa y la quiere armar Grande. Ataque desesperado. Ullrich vuelve a vestirse de belga. 2 Kilómetros. A Francesco le pudo la presión. Ataque neutralizado. Bala perdida. Momento de “impasse”. Salta el suizo Camenzind y a su rueda el hombre sin rostro. El del maillot blanco y rojo. Más de uno en su sillón en España gritó: “¡Anda! Pero si ese es nuestro. ¡Vamos, eh… tú!” Los dos han sacado ventaja. Pero de nuevo, otra vez, y así podría hasta mil y una Ullrich se pone a tirar. Se ve el último kilómetro. Los siete de detrás atrapan a Camenzind y al de blanco y rojo. Los mismos de antes exclamaron: “¡Vaya por dios! Era demasiado bonito para ser cierto”. Última curva a la derecha. Parón entre los nueve. Otra vez todo el mundo a mirar a Vandenbroucke. Serpenteo a la derecha. Serpenteo a la izquierda y…

El de blanco y rojo no serpentea, no. Se marcha como una bala hacia delante. Sigue mirando al frente. 600 metros. Los 600 metros de su vida. Esos 600 metros son un mundo, bueno un Mundial, y a 600 metros de la meta ya se había acabado ese Mundial. Mientras por detrás ya nadie miraba a Vandenbroucke, ya nadie miraba a nadie. Ahora si, todos miraban al frente y solo veían como por delante se iba un chico de blanco y rojo. Entre ellos ya saltaron las preguntas: “¿Pero quién es ese?”, “¿No era tu primo?”, “¿No era el tuyo?”. Y por delante, un tal Óscar Freire 550 metros después miraba para atrás, pensaba: “¡Vosotros sí que sois primos!” y levantaba los brazos. Eran las 16:18. Oro y Arco Iris para Freire. A la vez, allá, en Torrelavega se oía a un paisano con ese mismo apellido de Freire:”¡VÁLGAME DIOS, LA QUE HA MONTADO MI HIJO!” y en alguna redacción de algún periódico importante de Madrid más de uno pensaba: “¡Qué bien habíamos estado calladitos!”. Y Mientras, por detrás, todos seguían sin creerse lo que había pasado. Uno de suiza (Zberg) hacía segundo y el francés (Robin) tercero. Pero eso ya no importaba a nadie. Lo importante es que una figura había nacido. Un sin rostro había cogido forma, le había echado mucha “cara”, y se hizo un nombre en esto del ciclismo.

13 años después, D. Óscar Freire Gómez deja la bicicleta, con cientos de alegrías pero sin todo el reconocimiento que merecería por parte de sus paisanos. Habiéndole dado mucho a este país y habiendo recibido muy poco de él. Genio y Figura hasta la última pedalada en el mismo lugar donde se estrenó 14 años atrás en Valkenburg. Desde esta humilde página solo podemos agradecer lo Grande que has sido y decirte: “¡Suerte y que te vaya bonito, CAMPEÓN!”

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