Definan clasicómano: hombre habilidoso en multitud de terrenos capaz de sellar con triunfo alguna de las irregulares y nerviosas carreras de un día disputadas por lo general durante la primavera y el otoño dentro del calendario ciclista internacional. A la cabeza les vienen entonces muchos y muchos nombres: Valverde, Gilbert, Bettini, Rebellin, Cancellara, Bonnen, Devolder, Freire o Boogerd. La lista es interminable. Todos ellos ganadores de grandes pruebas, pero muy pocos ganadores de dos grandes pruebas, de dos grandes monumentos. Escasos son los afortunados y valientes gladiadores capaz de reinar en un mismo año en dos de las cinco citas marcadas en rojo por los amantes de las clásicas. Año tras año, San Remo, Flandes, Roubaix, Lieja y Lombardía aguardan expectante al correoso que las conquiste.
Con un trazado distintivo en cada una de ellas, solo Bonnen firmando el doblete Flandes-Roubaix en 2005 y 2012 y Cancellara haciendo lo propio en 2010 y 2013 habían sido capaces de vencer en un mismo curso en dos de los cinco santuarios del ciclismo en los últimos 20 años. O al menos eso decían los libros de ciclismo hasta este 2015.
La primavera iniciaba su curso y la Milan-San Remo como cada año se convertía una vez más en la «Historia interminable» del calendario internacional. Un recorrido de más de 300 km con un perfil beneficioso tanto para hombres rápidos y valientes aventureros era el perfecto caldo de cultivo para presenciar un bonito espectáculo. Allí hubo ataques, ataques en la Cipressa, en el Poggio y en su descenso hacia la Via Roma. Lo probaron Kwiato, Paolini, Sagan y un valiente Greg Van Avermaet. Sus movimientos fueron buenos, pero sin embargo nada fructíferos. No hubo colaboración y si la hubo por detrás. El Orica para Matthews y el Katusha con el objetivo de repetir triunfo con Kristoff tiraban por detrás. El sprint estaba lanzado. Todos en la pelea y un vencedor. Ni Kristoff, ni Sagan, ni Matthews, ni Bonifazio ni Bouhanni. El triunfo era para John Degenkolb. Con su particular bigote subía sonriente al podium, al podium del primero de los monumentos de la temporada.
Con un recorrido quizás demasiado duro para un hombre como él, su séptima posición en Flandes no hizo más que confirmar su cartel de favorito de cara a Roubaix. Allí las circunstancias volvieron a sonreirle. Ni Bonnen ni Cancellara, por lesiones ambos, se dieron cita en Compiegne para la disputa del Infierno del Norte. Degenkolb lo sabía y también Kristoff. La victoria debía estar entre los dos. O al menos eso decían las apuestas. Los ataques una vez más se sucedieron, Van Avermaet, Boom, Stybar e incluso Leukemans del Wanty probaron fortuna. Kristoff sufría para responder, Wiggins, quién había anunciado su retirada tras la clásica marchaba en un segundo grupo, y Degenkolb…Degenkolb sencillamente era un obús. Un perfecto engranaje a toda potencia capaz el solo de cerrar cualquier corte, de abrir cualquier hueco. Y así se llegó al velódromo: un grupo de siete corredores con Van Avermaet, Degenkolb y Stybar como hombres rápidos. El belga del BMC lanzó la llegada. Degenkolb había trabajado más durante los últimos kilómetros y parecía cansado, solo parecía. El del Giant-Alpecin, se abrió y pedaleó más fuerte que nunca. Así venció un alemán en Roubaix, así venció Fischer, otro alemán, así 119 años y así venció este 2015 John Degenkolb.
Más adelante llegarían plazas de honor en el pasado Tour, con varios segundos puestos, y también un brillante triunfo de etapa en la última jornada de la Vuelta a España. Cerró la temporada en Richmond. Allí partía como el gran favorito a llevarse el triunfo. Un recorrido aparentemente llano, salvo alguna dificultad pero nada desorbitado, y el nerviosismo siempre típico de los mundiales le hacían soñar con el arcoíris. Al final no pudo ser. No hubo medalla de oro, ni siquiera un top-10. Pero al fín y al cabo, ¿eso qué importa?. Mejor escaparse de la mala suerte del campeón del mundo y seguir siendo un ciclista «monumental» en 2016, ¿no?