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L´Angliru: ¿Qué se puede hacer sobre una bicicleta?

Septiembre de 1998. Un corredor alto y espigado asciende con maillot de manga larga. Le acompaña el Diario As. Las rampas son vertiginosas. Sus piernas de escalador se retuercen sobre el resquebrajado asfalto. Decide parar. Pide una rueda con unos piñones más grandes. A duras penas alcanza los 1570 m de su cima. Se sienta en la pradera, aún entonces verde, y respira. Su mente vuela como en cada ascensión lo hacían sus piernas. Imagina. Y entonces, con respiración entrecortada responde a un paisano que le pregunta sobre la subida: “Solo aquí, el hombre podrá demostrar que es capaz de hacer sobre una bicicleta”. Chava Jiménez.

Un año después la niebla cubría la montaña que un año antes había recibido con sol a su hijo predilecto. Desde aquel día, nadie olvidaría su nombre, ni mucho menos sus rampas. Su leyenda apareció de la nada. De aquella nada de la que surgió aquel día la silueta de quien un año antes había sido su descubridor. Con el pelo mojado por lluvia caída, con la respiración acelerada y el maillot empapado, vislumbramos su figura cuando nadie creía en él, cuando todos pensábamos que sería un ruso quien conquistaría tan ansiada victoria. Un ritmo de otro planeta, una casta de otro universo, un poderío sobrenatural. Aquel joven abulense, impetuoso y pasional no dudó. Pasó a Tonkov y venció donde un día había imaginado vencer. Venció en L´Angliru.

Hoy, casi 16 después, sus rampas y el nombre de quien aquel día culminó en su cima una de las ascensiones más recordadas de la historia del ciclismo permanecen entrelazados. Quizás porque siempre permanecerán así. Quizás porque es imposible pensar en el Chava sin pensar en L´Angliru. Quizás porque es imposible pensar en L´Angliru sin pensar en el Chava. Quizás porque imaginar la Cueña les Cabres y sus rampas del 23 %, se hace aún más difícil que trepar por las laderas de aquella montaña, sin recordar a ese joven de El Barraco, a su descaro y a su simpatía. Porque sus piernas, su corazón y su cuerpo nos dejaron hará ya más de 11 años, pero sus ataques, su sonrisa y su mirada, quedarán para siempre en nuestras retinas y en las rampas del puerto en el que reside su leyenda.

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