El 2 de enero de 1997 Miguel Indurain anunciaba su retirada del ciclismo profesional. Con aquellas palabras pronunciadas en un salón del hotel NH de Pamplona parecía que se abría una crisis emocional en el ciclismo español. De hecho, en la Vuelta España de 1996, la última vez que Indurain (Banesto) se colocó un dorsal, ningún corredor español consiguió ganar una etapa y el mejor en la general fue décimo a más de 18 minutos.

Lo que nadie esperaba es que la retirada del mejor ciclista español de todos los tiempos no fue más que la antesala de la mejor generación española de la historia. Tan solo dos años después del adiós del ciclista navarro aparecía quizás el ciclista más especial de la historia de España. No se le podía comparar con Perico ni con Indurain, tampoco con Ocaña ni con Bahamontes, para encontrar alguien parecido en el ciclismo español había que remontarse al primer gran ciclista internacional que tuvimos, Miquel Poblet.

Un catalán nacido en Montcada i Reixac al que la historia no le ha hecho justicia. La obsesión española por las generales de las Grandes Vueltas no ha permitido encumbrar como se merece a un vencedor de dos Milan-San Remo, 20 etapas en el Giro de Italia, 3 en el Tour y 3 en la Vuelta. No fue hasta 37 años después, en la recta final del Mundial de Verona, que otro español retomaba el sendero que había dejado marcado Miquel Poblet.

El «divino calvo». Foto: Wikipedia

Quedaban 600 metros y 11 corredores dispuestos a ser campeones del mundo. Entre ellos Vandenbroucke (Cofidis), que venía de ganar ese año la Lieja y tenía a Ullrich (Telekom) de gregario, Casagrande (Vini Caldirola) que había ganado la Clásica San Sebastián o Camenzind (Lampre), vigente campeón del mundo. Entre todos ellos, leyendas del ciclismo, arrancó sin mirar atrás un cántabro de tan solo 23 años y con una única victoria profesional.

Pocas fuerzas quedaban en el grupo después de 260 kilómetros y ninguno quiso gastarlas para perseguir al cántabro. Los metros que restaban no fueron más que la coronación de Freire. Tenía la ventaja suficiente para levantar los brazos y a sí lo hizo, desde lejos, disfrutando del milagro que suponía que algunos de los mejores clasicómanos del mundo hubiesen sido derrotados por un ciclista nacido en Torrelavega.

Al año siguiente tocaba pasear el arcoiris mientras cumplía los 24 años y demostró que pese a ser un corredor con mucho aguante tenía una punta de velocidad casi al nivel de los más rápidos. En la primera etapa de la Tirreno-Adriático conseguiría el triunfo batiendo a Zabel (Telekom) y repetiría éxito en la quinta. Ya a final de temporada, también por partida doble, vencería en la Vuelta a España. Aquel año, a parte de estas 4 victorias de prestigio, Freire conseguiría dos resultados muy importantes. Podio en Milán-San Remo y otra vez en el Mundial. Corría el año 2000 y España volvía a tener un clasicómano.

En 2001, Freire tuvo una temporada complicada. No pudo correr hasta junio, y consiguió tan solo dos victorias secundarias hasta octubre. Pero en la París-Tours venció el esprint del grupo, que había logrado esquivar Virenque (Domo), batiendo a Zabel y Hushovd (Crédit Agricole). Así que después de un año regular, Freire se presentaba como uno de los grandes favoritos en el Mundial de Lisboa.

Después de una última vuelta loca en la que Vicioso (Kelme) y Beloki (ONCE) jugaron un gran papel se llegaba a la última recta. La última recta que todo aficionado al ciclismo desea ver, probablemente solo equiparable a la de la Via Roma, la del Mundial. Dekker (Rabobank) lanzó el esprint y cuando Zabel trató de adelantarle, Freire encontró el espacio justo en el que cabe un ciclista entre la valla y el holandés. Con una fuerza descomunal lo pasó y cruzó la meta en primera posición. Aquel país que tuvo que esperar a uno de los Mundiales más duros de la historia en 1995 para lograr tener un campeón del mundo, ahora tenía a Freire. Un doble arcoiris de 25 años conseguidos al más puro estilo de una clásica.

2002 fue su último año en en el Mapei. Solo logró dos victorias, algo escaso para alguien de su talla, pero una muy especial. Vestido con el maillot más bonito del pelotón se impuso a los McEwen (Lotto) y Zabel en la segunda etapa del Tour de Francia. Quick-Step pasó a ser el patrocinador principal de la formación y apostó por el italiano Bettini, así que Freire se fue a probar suerte en el Rabobank.

El primer año que corrió con los holandeses tampoco fue de los mejores de Freire. Llegó la temporada 2004 y demostró estar en forma en Italia consiguiendo su cuarto parcial en la Tirreno una semana antes de la San Remo. Allí el pelotón se presentó en la Via Roma con más de 60 unidades y se lanzó el esprint. A falta de pocos metros, Zabel se abrió para adelantar a Pettachi (Fassa Bortolo) y levantó los brazos para celebrar la que hubiese sido su quinta San Remo. Hubiese, porque a falta de 20 metros y con un golpe de riñón magistral Freire le alcanzó para coronarse en la Via Roma. Allí dónde los esprinters se hacen grandes. 47 años después de que lo hiciera Miquel Poblet.

En setiembre fue a la Vuelta dónde se anotó un parcial en Castellón y abandonó para poder preparar el Mundial, en Verona, la ciudad que lo presentó al mundo. Otra vez más de 260 kilómetros, otra vez una última recta agónica. Pero esta vez, como en pocas ocasiones en la carrera de Freire, bien acompañado. Luis Pérez (Cofidis) llevó a Valverde (Kelme) hasta el último medio kilómetro, Valverde aguantó la posición y lanzó magistralmente a Freire. No falló. Levantó los brazos con el anfiteatro de Verona como espectador de excepción. Como dijo Carlos de Andrés en ese momento, «tanta historia que ha visto esta Arena des del siglo I después de Cristo», ahora, 2.000 años después, ve encumbrarse a Óscar Freire a la altura de Merckx, Binda y Van Steenbergen. Freire se convertía en tricampeón del mundo, una cifra jamás superada.

La Arena de Verona | Wikipedia

En 2005 corrió otra vez la Tirreno, una de sus pruebas fetiche, dónde logro tres parciales y la clasificación general. Pero pese al gran estado de forma en el que se encontraba quedó quinto en la San Remo de Petacchi. 8 días después se rehacía ganando su primera Flecha Barbanzona, ahí dónde no ha ganado ningún otro español, ahí dónde Freire acabó ganando un total de tres veces.

Las lesiones pero lo apartaron de la segunda temporada y se perdió todo el calendario a partir de junio. En 2006 venció etapa en la Tirreno, repetía en la Barbanzona, también etapa en la Itzulia, Suiza y por partida doble en el Tour de Francia. Pero las lesiones tampoco le respetaron en 2006 y su temporada se acababa con la victoria en la Vattenfall Cyclassics -hoy Clásica de Hamburgo- otra vez ante Zabel (Milram), gran espectador de los mejores días de Freire.

2007 era el año de su quinta temporada en el Rabobank y se presentó en la San Remo habiéndose anotado dos parciales y la general de la Vuelta a Andalucía. A la Via Roma llegó destacado un grupo pequeño de corredores, consecuencia de un descenso del Poggio a tumba abierta, después de alcanzar a Riccó (Saunier Duval) y Gilbert (FDJ) en la pancarta del último kilómetro -cuántas veces habrá pensado el belga en ese último kilómetro des de que ganara la Roubaix del año pasado-. El Milram tenía cuatro corredores a falta de 400 metros, dos de ellos ganadores de San Remo. Zabel lanzó desde lejos por fuera y Petacchi poco después por dentro. Zabel pecó de lanzar demasiado temprano y Petacchi simplemente dejó de pedalear al ver la velocidad con la que lo adelantó Freire. La fuerza que tenía el cántabro después de más de 290 kilómetros era casi inigualable en el pelotón y le sirvió para imponerse en su segunda San Remo. 48 años después de que Miquel Poblet repitiera triunfo.

Una semana después conseguía su tercera Flecha Barbanzona consecutiva convirtiéndose en el segundo corredor con más victorias en la prueba empatado con Museeuw y Capiot. En septiembre volvería a correr la Vuelta y de las 6 primeras etapas se anotaría tres. También serían tres las etapas que ganaría en la Tirreno-Adriático para convertirse en el segundo corredor con más parciales en la historia de la carrera. Después de Tirreno quedaría octavo en San Remo y correría E3 Prijs, Barbanzona, el Tour de Flandes y la Gent-Wevelgem, imponiéndose en esta última, la que muchos consideran el sexto monumento y siendo el único español que figura en el palmarés de la carrera.

También ese año conseguiría etapa en el Tour de Suiza y las que serían sus últimas victorias parciales en Tour y Vuelta. La del Tour con un sabor especial, ya que lograría ganar la clasificación de la regularidad, el prestigioso maillot verde. Y sí, de nuevo el único ciclista español con tal triunfo, demostrando de nuevo porque es el corredor más especial que ha dado nuestro país en toda su historia.

Freire portando el maillot más cotizado por los esprinters | Wikipedia

2009 le serviría para conseguir dos parciales en el Tour de Romandía y ampliar la lista de prestigiosas carreras de una semana en las que tiene por lo menos un triunfo de etapa. Tirreno, Itzulia, Suiza, la Volta a Catalunya, Romandía y añadiendo el Tour Down Under en esa lista en su último año como profesional. Pero 2009 sería sobretodo la antesala de la última gran temporada de Freire, la de 2010.

Comenzó ganando en Andalucía dos parciales teniendo la San Remo a un mes vista. Ahí buscaría el triplete ante el elenco de favoritos que presenta siempre la Classiccissima. Liquigas controló el último kilómetro para Bennati, y Freire, con su facilidad para buscar la mejor posición, no se despegó de la rueda del italiano. Bennati lanzó el esprint y Freire le adelantó. Boonen (Quick-Step) trató de no perder la rueda pero fue inútil. La fuerza bruta del cántabro le sacó una bicicleta a Tom Boonen y se apuntó la tercera San Remo. Ahora, sin ningún precedente en el ciclismo español, y apenas en el ciclismo mundial. Solo cuatro corredores en toda la historia le pueden mirar por encima en el palmarés de la San Remo. Y que cuatro, Merckx, Bartali, Zabel y Girardengo.

En 2010 lograría también dos etapas en la Itzulia y quedaría sexto en el Mundial. Entró mal colocado y tampoco tuvo la fuerza para remontar. Pero una semana después vencería la París-Tours, otra de las grandes clásicas. Una que tiene historia desde 1896 pero en la que solo ha logrado ganar un español, él. Sería última gran victoria de Freire.

En 2011 ganaría dos etapas en Andalucía en el que era su último año en Rabobank. Un equipo que le arropó en varias ocasiones pero por cosas de la cuota étnica, no las suficientes que el prestigio del corredor merecía. Como llegó a declarar Óscar Freire «vale más un tercer puesto de Gesink que un primero mío».

En su último año como profesional corrió en el Katusha con el objetivo de llegar al Mundial. De por medio ganó la ya mencionada etapa en el Down Under y otro parcial en la Vuelta Andalucía sumando un total de 10 en su palmarés. Parecía difícil que pudiese lograr la victoria en el Mundial de Valkenburg pero la cita con la historia que suponía tratar de conseguir cuatro arcoiris merecía intentarlo.

El gran escollo para ese triunfo se llamaba Philippe Gilbert (BMC). El belga había hecho una temporada mucho peor que la del año anterior, en el que era una auténtica apisonadora. Pero en un final parecido al del Mundial, en Montjuïc, Gilbert logró escapar del pelotón junto a Joaquim Rodríguez (Katusha) y anotarse la etapa en la Vuelta. El belga volvía a sonreír y ponía el ojo en el Mundial pues todo apuntaba a que se decidiría en el Cauberg, su cima fetiche.

Y el guión se cumplió. Gilbert arrancó para la victoria en el Cauberg mientras el equipo español era víctima de un fallo de táctica por parte de Alejandro Valverde. El murciano no estaba a la rueda de Gilbert pues estaba esperando a Freire. Cuando Gilbert ya había marchado, solo Valverde decidió arrancar y una vez coronó el Cauberg, en vez de tirar para adelante con Kolobnev (Katusha) y Boasson Hagen (Sky), Valverde volvió a mirar atrás para ver dónde venía Freire, ya muy lejos. Así que el espectáculo en meta estaba servido, el murciano lamentaba no haber ganado el oro por estar supeditado a Freire, mientras el cántabro con un gran enfado decía que Valverde se debería haber quedado con el.

Freire sabía al coronar el Cauberg que ya no sería campeón del mundo. En ese momento le quedaba apenas un kilómetro de carrera profesional y se demostró de nuevo lo que tantas veces le había faltado, un equipo entregado a él. Así que el final estaba cerca, y como pocos lo han logrado, Freire llegó hasta ahí a su manera. Porque en las tres San Remo que ganó, lo hizo solo, y en dos de los tres mundiales, también.

Trece años después ya había quedado claro que aquellos 600 metros no fueron ni un asterisco ni tampoco un milagro. Aquel primer día de gloria nos enseñó el corredor que sería durante toda su carrera. Un ciclista duro, capaz de aguantar los 260 kilómetros de un Mundial con 23 años, de mucha potencia y con una excelente inteligencia en carrera que le permitió en sus días grandes encontrar la mejor posición sin la ayuda de ningún compañero. Porque la habilidad innata de Freire para colocarse le permitió superar el miedo que tantísimos velocistas le tienen a estar solos. Con Freire se fue uno de los mejores ciclistas españoles de siempre, aquel que siguió el camino de Poblet para llevarlo mucho más lejos, y el que comparte, únicamente con Merckx, una de las doble-triple corona más envidiable de la historia de nuestro deporte.

En el ciclismo no solo se puede aprender de las derrotas, también de las victorias. Cuando de aquí unas décadas miremos de reojo a la mejor generación ciclista española de siempre habrá que hacer un obligado ejercicio de autocrítica y el consiguiente lamento. Primero, para imaginar el ciclista que podría haber sido Alejandro Valverde de no haber sido español y, segundo, para preguntarnos que lugar ocuparía en la historia Óscar Freire si hubiese nacido en el centro de Europa.

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