Hay historias que acaban siendo relatos. Hay relatos que pasan a la historia. Que se mantienen impenetrables e impasibles al paso del tiempo. Pedaladas adornadas por la lluvia y el misticismo. Gotas de sudor perecederas en un asfalto brillante y mojado. Relatos con sabor a leyenda. Toques de locura y una pizca de temeridad. La necesaria para retar a quienes gobiernan desde las alturas las ilusiones de quienes sueñan con llegar a mirarles de cerca. Para superar los límites de la pasión, las fronteras de lo cuerdo, y ser una vez más unos locos, unos fous.

La noche oscura antes del amanecer nebuloso. La lluvia fina al entrar en la más viva de las nubes grises. Nunca antes un difuminado fue tan claro. Nunca antes un Tourmalet fue tan magistralmente escondido. Nunca antes lo nocturno resultó tan afín con la niebla. Nunca antes nuestro sueño había estado tan lejos y a la vez tan cerca. Lejos de nuestros ojos, quienes atónitos ante tal majestuoso vacío y humedecidos por la lluvia, buscaban la silueta de un ciclista plateado. Cerca, porque si en algún momento nos hubieran dado a elegir una forma de hacer historia, ni siquiera nuestra fantasiosa mente habría acertado tanto.

Ni un alma en la montaña. La brisa de las primeras horas del día y el sonido del agua cayendo cada vez más fuerte sobre nosotros, parecía encajar a la perfección con nuestra acelerada respiración y con el roce de nuestras cubiertas. Las luces rojas parpadeantes bajo nuestro sillín era lo único aún no invadido por la niebla. Era lo único que aún parecía imperecedero ante la nube de misticismo alojada en la cima del Tourmalet.

El frío era menos frío ante el calor de la subida. Velocidad constante y latidos profundos. Aún no había palabras entre nosotros. Aún la tensión impedía mantener más de tres frases consecutivas. El miedo atenazaba más que el frío. El miedo a fallar. A hacernos pequeños ante la montaña. El temor a no responder a lo soñado. El miedo a que la niebla cubriera también nuestra ilusión.

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Joseba en las rampas del Tourmalet

Un faro de luz plateado alumbra nuestras divagadoras mentes. Un faro sobre la cima del ciclismo, sobre la meca de quien ama la bicicleta. Mojado como nosotros nos recibe Lapice. Aquel que un día coronó por primera vez el coloso de los Pirineos. Aquel que llamó “asesinos” a quienes decidieron introducirlo en el recorrido de la ya mítica décima etapa del Tour de Francia de 1910. Aquel que cruzó la barrera de lo humano. Aquel que más de cien años después continúa alumbrando, ahora vestido de estatua y de plata, a quienes se atreven a imitarle.

Manu engullido por la niebla camino de Tourmalet
Manu engullido por la niebla camino de Tourmalet

No son ni las siete y media de la madrugada y el Tourmalet ya ha caído. Respiramos en su cima. Aquella que hace apenas una semana había conquistado el Tour. Aquella que hace apenas una semana estaba invadida por el calor y el gentío francés. Aquella que en aquel día no era más que unas coordenadas en medio de una nube cansada de volar. Solo un cartel bajo la estatua. Solo 2115 m de altitud. Solo Tourmalet.

Cuatro valientes en su cima, la del Camino del Mal Retorno (Eso significa Tourmalet en francés). Sin más protección que la de un tímido chaleco y la de unos guantes calados por una lluvia tan sigilosa como traicionera. Sin más pensamiento que el de seguir. Sin más inconsciencia que la de lanzarse, empapados y a más de cuarenta kilómetros por hora, Tourmalet abajo. El termómetro baila alrededor de los cero grados mientras nuestra sensación térmica es claramente inferior. La mente se nubla más aún que en la subida y ahora es el frío, y no las rampas, nuestro peor enemigo. Las lágrimas, casi congeladas, se estrellaban contra las miles de gotas de agua que chocaban contra nuestro rostro, cada vez más hinchado por un frío, desconocido en pleno mes de julio. Gélidos como la temperatura, intentábamos mantener la calma. Solo dos dedos conseguían a duras penas escapar de la insensibilidad corporal. Solo dos dedos, los necesarios para frenar. Para frenar nuestras bicis, pero nunca nuestros sueños.

He de decir que jamás lo pasé tan mal sobre una  bicicleta. Ni el mismísimo Angliru ni el peor de los desfallecimientos. Nada comparado a aquello. Nada semejante a no ser capaz de sentir tu rostro, tus piernas, tus brazos. Simples marionetas en manos de la montaña. Meros títeres en manos de la poderosa y siempre menospreciada naturaleza, tan capaz de brindarte la más triunfal de las batallas como de condenarte a la más cruel de las perdiciones. Aquella, que quiso aquel día, engrandecer nuestra batalla.

Inerte ya en los termómetros pero más vivo que nunca en nuestro congelado pedalear, el frío quería seguir de cerca nuestro desafío. Tímidamente, en las calles de St Marie de Campan, parecía querer unírsele el agua. Una fina cortina de lluvia nos acompañaba camino de la segunda dificultad montañosa: el irregular ascenso a la Horquette d´Ancizan. Las nubes vuelven y con ellas la lluvia, y ahora más que nunca la soledad. Una carretera alternativa, descarnada y prácticamente desierta era nuestra particular piscina. Charcos cada vez más grandes y maillots cada vez más mojados. La eterna mirada a ninguna parte y la siempre amenazante idea de colgar la bici al finalizar esta odisea. Kilómetros exigentes y sobre todo irregulares. Rampas y descansos se alternaban como lo hacía nuestra velocidad. El mugido del ganado era lo único que la montaña contestaba a nuestra temeraria proposición de seguir.

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Este era el aspecto de la Horquette d´Ancizan

Los metros eran engullidos por la ilusión de estar luchando contra la épica. Cada vez más altos, cada vez más vivos, cada vez más nubes y cada vez más cerca del cielo. Una serie de cerradas curvas concluía en un estrecho paso entre dos rocas. Ahí el final, el final de la subida, y el comienzo de un nuevo calvario.

Menos frío y más lluvia. Una botosa y estrecha carretera empapada nos conducía al valle de Arreau. Nuestras bicis parecían andar desconcertadas sobre un asfalto por el que, solo dos años antes, ya habían transitado. El miedo a caer estaba más presente que nunca. Sin duda la bajada más peligrosa y sin duda en la peor de las circunstancias. Lloviendo, con niebla, con frío y sin apenas visibilidad. Vivos, por decir el mejor de los adjetivos que en aquel momento nos describían, llegamos al valle. El frío hacía mella en nuestros rostros y la idea de recortar el recorrido era cada vez más latente.

Arreau permanecía aislada de la niebla. Los escasos seiscientos metros sobre el nivel del mar en los que se asentaba la localidad pirenaica eran territorio desconocido para el manto de nubes que, aquel día, asolaba las inexpugnables montañas. Kilómetros de respiro. Alejados de la lluvia y el frío de los puertos, nuestras pedaladas nos impulsaban por uno de esos valles que forman parte de la historia viva del Tour. Val Louron debía ser nuestro próximo objetivo. Un puerto duro y con nueve kilómetros de rugoso asfalto. Pero no, no lo iba a ser.

La oscura nube que se cernía sobre las primeras rampas de la ascensión marcaba el límite entre la locura y el suicidio. Nuestras piernas, aún mojadas parecían repeler sus rampas. Significaba decir adiós al objetivo por el cual estábamos ahí. Abandonar el intento de alcanzar los 7000 m de desnivel acumulado. Dejar atrás kilómetros y kilómetros de preparación por y para un sueño. Dar el brazo a torcer ante la dureza de los elementos. Era duro. Y aún hoy me pregunto si fue la mejor opción.

El frío había nublado un sueño cuando aún dos colosos se interponían entre nuestro maltrecho pedalear y el tan anhelado descanso. Aspin y Tourmalet. Dos nombres hermanados por una carrera, entrelazados en el epicentro de los Pirineos, unidos por el Tour. Ambos descubiertos por la Grand Boucle hace más de 100 años. Ambos sumergidos en la lluvia y en la niebla aquel dantesco sábado del 25 de julio.

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Últimas rampas camino de la cima de Aspin

Aspin, siempre a la sombra de Tourmalet, no defraudó en absoluto. Tras haberlo descendido hace dos años, la vertiente de Arreau volvió a trasladarnos al más puro misticismo. La niebla, encajonada entre las paredes montañosas parecía querer presenciar la locura de quienes se atrevían a desafiarla. La lluvia, tímidamente volaba hacia las laderas del Tourmalet. El sudor, ahora sí, se deslizaba sin ayuda del agua por cada poro de nuestra piel. La cadena carraspeaba en cada pedalada.

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Manu y Joseba coronando Aspin

Una carretera estrecha y sinuosa. Con buen asfalto y con aroma a Tour. Más de diez kilómetros por delante y siempre por encima del 7%. Cada uno tomaba su ritmo. Las piernas, ya finas y secas, parecían engrasarse con el sudor y nos permitían volar sobre las rampas del Aspin. Allí donde un día lo hicieron Virenque o Chiapucchi. Enrabietados por tener que ceder ante la fuerza de la naturaleza, nuestras piernas se agitaban sin pausa devorando kilómetros y superando rampas. Algún grito de ánimo de quien, como nosotros, desafiaba a las nubes con el único fin de disfrutar de la montaña, amenizaba el paso de los minutos, el camino hacia la cima. Ni siquiera vacas, ni siquiera las famosas reses que cada día pastan en la cima del Aspin recibieron a quienes seguro que a su juicio, no serían más que cuatro locos extraños en aquella tormenta de emociones y lluvia.

De nuevo el silencio. La sensación de tocar las nubes y de flotar en ellas. La sonrisa inconsciente y perenne afloraba en nuestros sudorosos y desencajados rostros. La cima estaba casi desierta. Un grupo de ciclistas ascendía por la vertiente opuesta pero sin apenas detenerse se lanzaba hacia Arreau. De allí veníamos nosotros y a allí ya no volveríamos. Dejábamos atrás un sueño. Rompíamos en pedazos las ganas de llegar a esa ansiada cifra de los 7000 m de desnivel. Y ya solo importaba llegar al hotel.

Sin ni siquiera pensar en eso, arriesgando más de la cuenta nos dispusimos a descender el Aspin, camino ahora de Saint Marie de Campan. Muchas horas después un llano que siempre quiso ser descenso nos llevaba al pueblo que, aun amaneciendo, nos había visto tiritar en la penumbra de la lluvia. La temperatura parecía haber subido desde entonces. El frío era ahora soportable y algunos cometíamos la temeridad de iniciar un nuevo ascenso al Tourmalet en manga corta y sin mayor protección que la de unos empapados manguitos.

Pero Tourmalet no es ciclismo. Tourmalet es leyenda. Es la conjugación perfecta de la épica y lo imposible. El reencuentro entre lo valiente y lo temerario. El lugar elegido por los dioses para situar el olimpo de cada pedalada. El rincón que mejor protege el aroma y la esencia de lo que hace años, era el verdadero ciclismo. Galerías que esconden historias jamás contadas y pintadas que relatan más de lo dicen que sus letras.

Más de veinte kilómetros de ascensión hasta alcanzar su cima. Horas después aún seguía tan escondida como en nuestro primer ascenso. Horas después una profunda y densa niebla seguía instalada kilómetros antes de adentrarnos en las galerías de la Mongie. Con la niebla la oscuridad. Y con la oscuridad la lluvia. De nuevo un fino chispear sobre nuestros cascos. El sonido de las pequeñas gotas en el plástico aderezaba una vez más nuestro sufrimiento. Las galerías nos servían de protección. No esta vez del calor, sino de una lluvia que empezaba a volver a resultar molesta.

La visibilidad cada vez era menor y el cartel de la Mongie anunciaba la llegada de una estación, más fantasma que nunca. El ruido en el interior de los bares y el calor desprendido por el tubo de escape del único coche aparcado en toda la travesía por la estación, era lo único que hacía eco con nuestra respiración. Solo nosotros ante la montaña, ante años y años de historia del ciclismo.  La niebla, ahora ya sin agua, nos seguía acompañando. Se unía, eso sí, el viento. Más gélido y en contra que nunca. La cima ni siquiera se intuía y eran los carteles kilómetricos, los que, a falta de precisión en nuestros ciclocomputadores, mermados también por la variante presión atmosférica, nos indicaban lo que aún restaba hacia la cima.

Dos herraduras y dos largas rectas. Así son los dos últimos y largos kilómetros del Tourmalet. Y así fueron para nosotros. Más largos que nunca y más duros que siempre. La brisa que nos recibía al salir de la Mongie era ya tal que dificultaba nuestras conversaciones. El cielo azul, raspaba las nubes más altas y amenazaba con recibirnos en los últimos metros de nuestra ascensión al Tourmalet. Al final, nada más lejos de la realidad. Unas últimas pedaladas bajo la niebla más densa y atroz. La montaña nos cubría con un manto blanco, como queriendo así, dejar en el anonimato nuestra victoria.

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La foto soñada

El aire era entonces más puro que nunca. 4400 m de desnivel despues, el sabor de la altura y del Tourmalet, era el más gourmet de los placeres del gusto. Los cuatro, temblando y congelados por los casi cinco grados que marcaba entonces el termómetro, nos fotografiamos en una imagen que permanecerá ya en el recuerdo. En el recuerdo de quienes un día, retaron a la montaña, a sus propias límites y a la todopoderosa naturaleza. En el recuerdo de quienes intentaron ser dioses y acabaron como héroes.

La bajada daba margen para arriesgar. Unos fríos y heladores primeros kilómetros daban paso a otros más rápidos y templados. Curvas enlazadas y por primera vez una bajada resulta placentera. La corriente del arroyo que baja desde Bareges sirve para poner banda sonora a este descenso, a este que iba a ser el último descenso.

Luz Saint Sauveur permanece seco. Así lo había estado durante casi todo el día. Solo una tímida tormenta mientras nosotros comenzábamos a ascender Aspin, había alterado la vida de uno de esos pueblos con aroma a ciclismo. Ciudad termal, junto a Lourdes, recibe cada año miles y miles de turistas. Muchos atraídos por el esquí y las decenas de estaciones que la rodean. Otros por  el remanso de paz en el que se aposenta. Pero también incontables ciclistas. Su posición geográfica, a los pies de puertos como Tourmalet, Troumousse, Gavarnie u Hautacam es más que ideal. Ideal para disfrutar de este deporte. Ideal para hacer historia.

Aún era pronto y aunque la niebla lo cubría, el nombre de Luz Ardiden se nos mostraba desafiante en las indicaciones repartidas por toda la localidad. Para algunos la motivación para seguir y para otros la certeza de que sus bicis, como sus piernas, merecían un descanso. Dos quedaron en el hotel. Y dos seguimos hacia arriba.

Las fuerzas eran para todos las mismas, pero las motivaciones quizá no. La posibilidad de alcanzar por primera vez los 5500 m de desnivel se encontraba en la cima de Luz Ardiden y dejarlo escapar sería tan estúpido como saludable. Nuestras piernas, frías y acartonadas por la lluvia, difícilmente podían seguir un ritmo constante de pedaleo. Por delante catorce largos y duros kilómetros que si bien comenzaban en seco, pronto se volverían a teñir de lluvia y niebla. Herraduras y más herraduras en una carretera más botosa que ninguna. Quizás por ser la única sin salida o quizás simplemente porque hace ya más de cuatro años de la última visita del Tour.

Las rampas son esta vez más irregulares. Los descansos se alternan con tramos que llegan al 14% dando como resultado una media siempre superior al 7%. Más que nunca, nuestro pedalear es anónimo. Nadie en su sano juicio recorre sus pendientes sin ni siquiera poder vislumbrar lo que aguarda a nuestras piernas doscientos metros más adelante. Los kilómetros pasan cada vez más lentos y solo el ir acompañado me hace no ceder en mi intento. La espalda ya no soporta tantas horas sobre un sillín. El cuerpo, y ya no solo las piernas, sufre más que nunca. Pero la mente, quizás nublada por la ilusión de quien aún sueña como un niño, solo piensa en seguir. En devorar, ahora más lentamente eso sí, los escasos kilómetros que nos separan de la gloria.

Solo las vacas y las cabras nos miran atónitas a casi 1800 metros de altura. Una mirada a unos extraños que aparecen sobre sus monturas de carbono y vuelta a la fría y tierna hierba pirenaica. Las últimas herraduras pasan más fugaces que nunca. Quizás por estar ya vislumbrando la cima. Quizás porque la lluvia ya es enemigo conocido después de casi diez horas mojándonos. Quizás porque estemos locos. Quizás porque esto es un relato.

Quizás porque hay historias que son relatos, y hay relatos que pasan a la historia

Solo queda decir que gracias. A Mario, Manu y Joseba por acompañarme en una locura que nunca será contada del todo. A ellos y al resto de personas que estuvieron ahí, animando con mensajes y con cánticos anónimos (y mejor que así sean), queda dedicado este artículo. Gracias a ti también ciclismo.

 

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